martes, 12 de marzo de 2013

Como una tarde de verano

Huele a hierba recién cortada en las calles vacías de una ciudad invisible, de pilares sobre denso vapor de agua blanco.
Llueven pétalos de flores amarillas acumulándose en las aceras y la brisa cálida revuelve una melena.
El sol se escurre desde lo alto, en un cielo rojizo se paraliza.
Una chica observa el horizonte con ojos decididos, mordiéndose los labios en una sonrisa al divisar una esbelta silueta.
Con un paso revuelve el manto de gotas caídas sobre las nubes, abre sus puños soltando el aliento... Camina nerviosa, pero no duda, no desvía su mirada iluminada.

Gus y Aroa

-Aroa era una chica que adoraba las mañanas soleadas y a la que las noches estrelladas emocionaban por belleza.
-Bien, pero eso no la hace diferente, a todo el mundo le gust...
-Shhh, déjame seguir... Aroa era una chica delgada, de mediana estatura. Tenía un precioso lunar cerca de la sien, que siempre procuraba tapar con su flequillo ladeado.
"No recuerdo el color de sus ojos, pero cuando te los cruzabas tiritaban tus sentidos. Así era ella, de mirada intensa y pestañas largas, profundas palabras y carnosos labios sabor a té de frutas. O eso decían.
Roberto abre la boca en gesto de interrumpir a su amigo, mas este le reprende con los ojos cerrados y   con el dedo índice, sellando sus labios.
-Le gustaban las cosas sencillas; el pan solo con mantequilla, o solo con mermelada, las gomas de borrar blancas, las fotos en escala de grises y las respuestas breves, pero intensas.
La narración se ve eclipsada por una taza de café. Una garganta carraspea y renace la trama:
-Recuerdo que solía explorar bibliotecas y librerías... Cada vez que compraba un libro, decía sentir ser cómplice del escritor, como si le animara con un donativo a seguir creando literatura.
"A veces, era tan ordenada que llegaba a ser obsesivo. Solía pasar el último sábado del mes comprando vestidos vaporosos, medias tupidas, cinturones con hebilla y zapatos de tacón; entonces entraba en los probadores y al irse recogía cada una de las perchas abandonadas por otros clientes. Además, su piso estaba impoluto...
Se hace el silencio, la narración se interrumpe bajo unos ojos melancólicos y pensativos.
-La gente de la empresa decía que salía poco para su edad.- Pronunció al fin Roberto.
-No es cierto. Iba a otros locales.
-¿A cuáles?
-Pubs que ninguno de nosotros frecuentaba... Tenía otras amistades que preferían lugares de alto nivel destinados a enlazar cuerpos lujuriosos... Todos allí querían olvidar sus vidas superficiales y materialistas... Almas tristes sin hálito, ni conciencia.-Gus se voltea y descubre la expresión de reprobación de su amigo.-¡No es lo que piensas! Ella no buscaba placer... Solo iba a tomar algo con esa Clara, o Carla, ¡o como se llame!
-Te engañaba, está claro. ¡Te tenía donde quería! Eras su "pagafantas", chico.
-No...
Roberto mira a Gus con afán sonsacador, pero este no sabe como convencer a su amigo de la veracidad de su negación. Tras una pausa incómoda y delatadora repite un roto:
-No...-A lo que siguió.- No es cierto, se lo que piensas pero ella me quería. Dejamos de  hablar porque tenía un nuevo empleo que le restaba tiempo para... Déjalo.
Tras intentar auto-convencerse, más que insistir a su amigo, Gustavo se levanta de la silla de la cafetería, donde las conversaciones se enlazan en un gran susurro, y se va sin despedirse con la mirada emborronada y lágrimas suicidas por su mentón.