jueves, 30 de junio de 2011

De madrugada: segunda parte.

Y ahí estaba yo, en la otra punta de la playa con mi amiga. Habíamos empezado a caminar y caminar y nos habíamos parado justo en frente de un edificio con música a todo volumen.
Las demás chicas de nuestra pandilla llevaban ahí un rato y las pillamos sacándose fotos y montándose unas sobre otras como pequeños cachorros juguetones.

Cuando decidimos volver a nuestro pequeño campamento, mi amiga y yo encabezamos la marcha dejando atrás al resto del grupo. Nos echamos a correr y a gritar, queríamos hacer el payaso a toda costa, pues era de noche y estábamos en una playa lejos de la ciudad, rodeadas de personas con ganas de fiesta y música de fondo! La receta perfecta para enturbiar nuestro sentido común. Entonces, comenzó a sonar la famosa canción de Amaral "Sin ti no soy nada". Yo me sabía el estribillo y alguna otra parte, no pude evitar motivarme y contagiar esta emoción a la chica que me llevaba de la mano. Nos pusimos a gritar como dos locas, corriendo!... Y fue justo en ese instante cuando apareciste entre las sombras coloreadas por la luna y al lado de ella, para verme hacer el tonto en todo su explendor. Yo te miré de reojo, pero disimulé. No me atreví a girar la cabeza y mirarte. ¿Me viste?... No podía verificar que en serio eras tu, mi miopía emborrona las caras, pero sentía que si, por tu forma de andar.
 Y si no saludé fue porque... Bueno es obvio por qué no saludé.
P.D: me gusta la sudadera azul marino que llevabas aquella noche, era así como abrazable.

lunes, 27 de junio de 2011

De madrugada: Primera parte

Allí festejamos la llegada del solsticio de verano, entre el humo, los colores cálidos y la pureza del fuego, que ardía con la fuerza que había heredado del pinar.
Estábamos en la playa, sentados en las toallas y respirando ceniza unos al lado de otros, entre gritos, risas y palabras. A mi me apetecía tumbarme y restregarme contra ti, pero eso no pasó.

Mi sudadera gris sobraba al lado de aquella hoguera, la cual habíamos montado con apenas veinte troncos apilados, así que solamente duraría un par de horas. Me quité la prenda mientras pensaba. Pensaba mientras miraba las llamas de la madera que se consumía en frente de mi. Bebía también, y el vodka coloreó mis labios.
En mi reflexión te recordé hace un sábado, cuando los dos delinquimos sin arrepentirnos, bajo la piedra asfaltada. Recordé un abrazo y sonreí al pensar en cómo entraste en tu casa de madrugada y volviste a bajar.

Luego, me apeteció echarme a correr hacia la orilla y esperarte. Lo hice... Pero no te esperé, pues sabía que no vendrías ya que te había visto ocupado con ella. Desconocía que estabas resolviendo aquella cuestión.
Cuando llegué a mi meta, mis piernas frenaron en un dulce retroceder, fue como bailar. Las olas peleaban por empapar mis pantalones, me escapé. Parada, con mis pies desnudos sobre la arena mojada, observé el firmamento y me acordé de cuando me dijiste que podías ver desde tu ventana las estrellas. Te imaginé en tu cuarto a solas contigo mismo, mirando el celeste cielo oscurecido, mientras la brisa te daba sobre el rostro y tus codos reposaban sobre el alféizar de pizarra. Te imaginé así, contemplando, con tus ojos azules inundados de nostalgia, no se por qué.
Oí mi nombre a treinta y dos metros de distancia, y así fue como deje atrás el efímero aislamiento al que me había sometido... Al volver, el alcohol se aceleraba por mis venas y fue ahí cuando paré de imaginar y comencé a hacer el idiota. Incluso te nombré protestándote, para luego no decirte nada...